martes, 20 de noviembre de 2007

Vocacion Laical

El Sábado 17 de noviembre estuve en una actividad vocacional de los Salesianos y hablaron de las cuatro grandes vocaciones:

Laical
Sacerdotal
Religiosa
Matrimonial

ahora les dejo un tema formativo sobre la vocacion Laical

TEMA FORMATIVO: LA VOCACIÓN LAICAL


Preguntas para abrir boca

¿La vida laical, es vocación? ¿Es entrega total? ¿Estamos llamados a entregarnos por el Reino? ¿Necesitamos formamos en nuestra vocación específica? ¿Exageramos la diferencia entre “pastores” y “fieles” en la Iglesia de tal modo que favorezcamos la identificación de la Iglesia con la jerarquía? ¿Permanece la mentalidad de que los seglares y, por ende, nuestros jóvenes, somos considerados como elementos pasivos? ¿Somos laicos clientes, receptores o sustitutos? ¿Cuidamos y sostenemos la vocación laical?

Todos llamados.

Llevamos tiempo convencidos que toda persona es llamada. Que todo ser humano tiene su propia vocación desde el momento de su nacimiento. Esta llamada es de por vida. Todos tenemos vocación a la vida, a la fe y a la misión particular en este mundo. Por el bautismo todos somos consagrados a Dios y por Dios. Un ejemplo:

“Buscar empleo en las Américas”

En tiempos pasados hubo muchas personas que pasaron el charco para hacer dinero en las Américas, como entonces decían. Algunos volvían con bonitas fortunas a acabar sus días en la tierra que los vio nacer. Se hacían bienhechores de las mismas y vivían allí apaciblemente hasta el final de su vida. Habían hecho dinero —según se creía—, por-que trabajaban más que los nativos. Nada se decía de quienes amasaban dinero a costa de la gente pobre del país de inmigración.
Carmen y Enrique dudaron mucho tiempo antes de marchar rumbo al Tercer Mundo para hacer de misioneros, maestros, enfermeros, agentes sociales y cuanto pudiera terciarse en el país y lugar que acabaron eligiendo. Se iban con su hija de corta edad.
— Mi hermano se quedó blanco como una pared cuando se lo dije.
— Mi padre se echó a llorar.
— Pero enseguida reaccionaron bien: nos están apoyando.
La noticia corrió entre los muchos amigos que conocían a la una y al otro. Algunos los felicitaban.
— Llevo varios días con el poema «Dios no llama a los buenos» —dijo una vez Enrique.
Callamos.
— A veces —continuó al cabo de un rato—, cuando oyes una felicitación, te viene el pensamiento de que estás haciendo algo importante. Necesito recordar que no tengo mérito, que esto es una gracia, y que, «las prostitutas nos precederán en el Reino de Dios».
— Otras veces —terció Carmen—, vienes cabreada a casa, porque no te entienden, y entonces yo también necesito orar con el mismo poema.
Pasó otro rato de silencio.
— Me ocurrió ayer —continuó ella con las mejillas coloradas—. En la panadería, la vendedora se lo dijo a una señora que llegó en aquel momento a comprar. Esta se empeñaba en repetir que nos comprendía, porque aquí no hay trabajo. «Pero mi marido tiene trabajo», le insistía yo una y otra vez.
— No oye el que no quiere —terció Iñaki.
— Bueno, pues entonces —siguió Carmen—, cuando por fin se enteró de que tenemos trabajo y estamos bien, se dedicó a repetir: «Bueno hay gente aventurera; les gusta dejar lo que tienen, marcharse, probar...».
Se calló Carmen un momento, pero se la veía dolida. Después siguió.
— Y cuando la panadera le dijo, marcando las sílabas, que nos vamos como voluntarios sociales y misioneros, no se le ocurrió a la buena señora otra cosa más que este comentario: «Ya les pagarán bien los curas».
Se secó las lágrimas. Después nos explicó por qué ella también oraba con el texto «Dios no llama a los buenos».
Me ha dolido —dijo más serena—. En este dolor hay algo de legítimo, porque ya está bien de tratarle a una como negociante, aventurera o clericaloide. Pero puede haber también algo de amor propio herido, una necesidad de reconocimiento social.

Nos ayudó mucho —dijo Enrique mirando al responsable—, el hablar contigo. Desde entonces estamos con ese poema. También nos gustó que nos recordaras aquello de «ser de casa». Somos de casa; el Reino de Dios es nuestra casa, nuestra familia y nuestra tarea.

Aquellas experiencias los estaban purificando. Dios se servía de los comentarios desagradables para convertirlos más. Eran dos laicos, dos seglares, que habían querido entrar —por gracia de Dios— en la senda de la generosidad. Porque la vida seglar es vocación de generosidad. Dejaban el trabajo —con una excedencia sin garantía—iban para varios años: un paréntesis en el que querían, sobre todo, aprender el verdadero evangelio. Porque, aunque pensaban entregarse al máximo, esperaban recibir más de que dieran: recibir y aprender amor, compromiso, solidaridad y austeridad.

Si nos quedamos aquí, poco a poco nos montamos en la vida burguesa —repetía Enrique—. A ver si a la vuelta somos esos seglares comprometidos que hacen tanta falta.
Comprometidos... y convertidos —añadió Carmen.

Sí... Ya sabemos —continuó Enrique— que para ser un buen seglar Cristiano no hace falta salir del propio mundo. El compromiso, la conversión están aquí, en la encarnación dentro de nuestra sociedad civil. Pero a veces lo ponen todo demasiado cómodo: olvidan que la vida cristiana exige siempre rupturas.
- Incluso para encarnarse de verdad en el mundo puntualizó Carmen.

Definición del laico y su misión

El concilio Vaticano II trató de responder, entre otras, a la pregunta por el laico. LG 31 da la siguiente afirmación: “Con el nombre de laicos se entiende aquí todos los cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y del estado religioso sancionado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde”.

Analizando esta afirmación, vemos que consta de dos partes: una definición y una descripción. La definición parece encerrar sólo aspectos negativos, pero esto no debe engañar. La primera conclusión que hay que sacar es que el laico es un “cristiano”, es decir, un miembro del pueblo de Dios. A pesar de la doble restricción (no es clérigo, no es religioso), le afectan todas las afirmaciones contenidas en el capítulo 2 de la LG, sobre el pueblo de Dios.

En cuanto a la descripción constaría de dos elementos: uno genérico, común a todos los cristianos, referido a la incorporación a Cristo por el bautismo y a la participación del triple oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo; y otro específico de los laicos, referido al ejercicio de la misión “en la parte que a ellos corresponde”. Veamos en qué consiste esta misión.

Vaticano II supuso un fuerte cambio a la hora de concebir la misión del laicado en la Iglesia y en el mundo. Principalmente por tres factores: En primer lugar, la Iglesia cambia el modo de situarse ante el mundo. Ya no están enfrentados. La Iglesia reconoce que vive en el mundo, es solidaria con él y considera que tiene la misión de servir al mundo. En segundo lugar, la Iglesia reconoce la relativa autonomía de las realidades temporales. Antes, lo profano, o estaba al servicio de lo sagrado o era malo. Ahora, lo profano, en cuanto creado por Dios, es bueno en sí. La cultura, las artes, cada ciencia, cada profesión... tiene valor en sí misma. Por último, el mundo se reconoce como realidad plural. Esto supone que habrá ocasiones en que, al enfrentarse a un mismo caso, distintos cristianos tengan opiniones diferentes, pero toda puedan ser válidas y ninguna podrá reivindicar para sí la autoridad de la Iglesia.

Pues bien, la misión de los laicos, como la de la Iglesia misma, es la evangelización. La evangelización de los hombres es una tarea esencial de la Iglesia, cada vez más urgente debido a los cambios profundos que se dan en la sociedad. Para impulsar la evangelización hace crecer el compromiso transformador del laicado en la sociedad, su participación y corresponsabilidad en la Iglesia.

En la carta Christifideles laici, Juan Pablo II señala como campos prioritarios del compromiso laical los siguientes:

a) La familia. El bienestar de la sociedad depende y procede de la salud de la familia. Las familias han de ser las primeras en procurar que las leyes y las instituciones del Estado sostengan y defiendan positivamente los derechos de la familia. La familia es considerada “célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre nace y crece”. Además, la familia se comprende como comunidad de trabajo y solidaridad, que ayuda a superar una mentalidad individualista hoy tan difundida.

b) La participación en política. Es tarea propia del laicado un compromiso directo en la esfera de lo político, motivado por una sincera solicitud por el bien común de la sociedad en la que viven. Esta opción política deberá estar en armonía con el sistema evangélico de valores, lo que requiere un discernimiento cuidadoso. Algunos criterios que han de tenerse en cuenta son: la consecución del bien común, la defensa y promoción de la justicia, el espíritu de servicio, el respeto por la autonomía de las realidades temporales y el desarrollo de la cultura de la solidaridad.

c) Situar al hombre en el centro de la vida económico-social. Nuestros sistemas económicos olvidan la dignidad de la persona y convierten el lucro en su objetivo prioritario y su único criterio. Esto afecta al bien del hombre y al desarrollo de las familias y de las personas; contribuye a aumentar la marginación y educa en una cultura individualista e insolidaria.

d) Evangelizar la cultura. Pablo VI afirmaba que vivimos una dramática ruptura entre evangelio y cultura. Juan Pablo II insiste en ello. La cultura se desarrolla y avanza independientemente de que la fe y los valores influyan en ella. Si queremos que la cultura científica, tecnológica... crezca con criterios evangélicos y valores humanos, hemos de dedicarle una espacialísima atención.

Resumiendo: Los laicos cristianos son miembros del pueblo de Dios con unas señas de identidad claras, fundamentadas en la vida nueva del bautismo: seguidoras y seguidores de Jesús, convocados por él y vivir la realidad cotidiana en diálogo con el Padre, colaborando en la construcción del reinado de Dios, tomando parte activa en la misión de todo el pueblo cristiano. Tienen su propia responsabilidad en la comunidad y comunión eclesial, no como simples colaboradores o destinatarios, aportando la experiencia de una fe vivida en medio del mundo.

¿Una vocación “fácil”?

Queda claro que la vocación laical no es fácil. Tomada en serio, necesitad de mucha gracia de Dios, mucho apoyo en otros. Además de la familia, trabajar por una sociedad mejor, darse a los pequeños, oponerse a la injusticia no es moco de pavo. Tampoco lo es el hecho de que el ritmo que impone la sociedad nos quita tiempo, ganas, esfuerzos y compromisos, nos asimila y a través de la vida tranquila y la comodidad. Necesitamos medios que ayuden a esta vocación importante y difícil. Nos obliga a todos los que formamos la Iglesia.

Hasta ahora, la vocación seglar no comporta ningún tipo de exigencia formal. Es como ser “del montón”. A lo mejor por eso hay tanta falta de formación y tanta dependencia de lo clerical. Por eso sería un error pensar que la cuestión de la vocación laical se resuelve sólo (sabemos que no es poca) con la reflexión sobre los ministerios laicales.

La vocación seglar ha de ser discernida y elegida y no caer en una cierta inercia. Plantearse seriamente la vocación seglar significa plantearse seriamente las demás vocaciones. Implica todos los ámbitos de la vida: comunidad, pareja, estilo de vida, compromisos sociales, eclesiales, familares, políticos, inserción eclesial, formación etc…


Para el diálogo: SER LLAMADO (con-vocado).

1. Comentar y compartir lo leído.

2. Persona, fe, vocación se alían. Forman un todo compacto.

YO SOY - YO CREO - YO SOY LLAMADO.

¿A qué SOY LLAMADO?

Persona SIN fe, es un espantapájaros, un fantasma, no es un hombre o mujer completo.

Decir CREO, sin ESTAR a la ESCUCHA de la voluntad de tu Dios es una incoherencia frustrante.

SER LLAMADO y ¡RESPONDER! es un RETO que todo hombre y mujer tiene en su vida, en su historia personal y colectiva, si quiere llegar a ser en plenitud él o ella mismo/a.

DESDE la fe cristiana somos llamados y convocados a DARNOS en

- un seguimiento fiel (adhesión personal y de amor) a Jesús.

- una entrega incondicional y solidaria con nuestros hermanos los hombres, principalmente los pobres, los desheredados...

Desde esta CONVOCATORIA, que ancla sus raíces en tu BAUTISMO:

* ¿Qué he de hacer para que mi vida tenga pleno valor y pleno sentido?

* ¿Te planteas tu vocación cristiana "al mínimo" (= cumplir los mandamientos)? ¿O en tu proyecto de vida como joven cristiano, aspiras a "ALGO MAS" (= vivir conforme al DON: las Bienaventuranzas, el estilo peculiar de Jesús: pobre, disponible, en comunidad, etc. ?

* ¿No requiere tu vida UNA RESPUESTA?

fuente:confer.es